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Falta Sexo

Jueves, 12 de Agosto de 2010

Osadía

Lunes, 12 de Julio de 2010

Osé hace un rato twitear que este gobierno me recuerda al de Allende: quiere cambiarlo todo sin reparar que no tiene mayoría en el Parlamento, y quizás, ni siquiera en la sociedad. Vale decir, que debe negociar y alcanzar consensos, así, abierta y limpiamente, para hacer al menos algunas de las reformas que quiere emprender; pues de lo contrario se va a dar contra la pared, y lo que es peor, va a tornar el clima político del país irrespirable.
¡Hay que aprender de Allende!!! No basta con los resquicios. Tampoco con alcanzar mayorías circunstanciales en base a uno que otro tránsfuga. Esto sirve para una vez, pero no para desarrollar un plan coherente de reformas.
El Presidente Piñera –con razón– dijo al comenzar que quería replicar la “democracia de los acuerdos” de comienzos de los 90, en base a la cual se lograron reformas fundamentales, como la tributaria, la laboral y la que democratizó los gobiernos locales. Bueno: ¿por qué no lo intenta, pero en serio? Hay mucha gente de la oposición que estaría dispuesta a dar la mano y colaborar. Pero tildar de “poco patriotas” a los que se oponen no es el camino. Hay que tener la osadía de intentarlo. Esto sólo lo puede hacer el Presidente, y le queda poco tiempo para ello.
Por decir esto en 140 caracteres en twiter me han crucificado. Una prueba más de que esto no va por buen camino.

Author: Eugenio Tironi Categories: Política, Sociedad Tags:

Los Desalojados

Viernes, 28 de Mayo de 2010

El domingo antepasado, Andrés Allamand y Marcela Cubillos (A-C) publicaron una crítica a mi libro Radiografía de una Derrota. Se los agradezco. Necesitamos políticos como ellos, que lean y opinen; y requerimos también que el debate público tenga como blanco las ideas y no las intenciones de los que las promueven, y que emplee como arma la inteligencia y no los epítetos.
A–C me critican por no ir al fondo del asunto: que la Concertación perdió esta elección por padecer de un “agotamiento irremontable”, a raíz de fenómenos como el Transantiago, la delincuencia, la corrupción, el abuso de poder y una larga lista de fatalidades del mismo corte. Esto, dicen, hacía “inevitable su derrota”. Es raro que lo digan ellos, pues le resta los méritos a su propio triunfo. Pero al igual que Fernando Villegas en estas mismas páginas, A-C quieren hacernos creer que la derrota de Frei revela la bancarrota de la cultura política que representa la Concertación. Yo tengo mis dudas. Si este fuera el caso, estaríamos ante un quiebre histórico de marca mayor, pues la Concertación tiene raíces ideológicas, sociales y políticas que se entroncan con la dilatada historia del socialismo democrático y el social cristianismo en Chile. No creo que se así. Vamos viendo.
J. Samuel Valenzuela escribía a fines de enero en este mismo periódico que el resultado de la elección presidencial fue un pequeño temblor electoral, que provocó un terremoto político. En efecto, por un pequeño puñado de votos, una nueva coalición se hizo cargo del gobierno. Pero ojo: la Concertación recuperó su mayoría en el senado, sigue siendo una fuerza considerable en la Cámara, y su Presidenta, Michelle Bachelet, se alejó rodeada de una popularidad sin parangón. ¿De qué “agotamiento irremontable” nos hablan?
A-C dicen que las ideas importan. Tienen razón. Ellos afirman que la bancarrota de la Concertación reside en el fracasó su tesis básica, la cual fue esgrimida por Frei en su campaña: “más Estado”. ¿Es efectivamente así? También tengo mis dudas.
Me resisto a ampararme en las encuestas, pero no podemos esquivar lo que éstas revelan: que la gente quiere “más Estado” en todos los ámbitos; especialmente aquella que está inserta en las zonas más marginales de la economía de mercado (ver encuestas Icsos – UDP 2008 y 2009). Pero hay una evidencia aún mas empírica. ¿Qué explica el aprecio popular que rodeó a la Presidenta Bachelet al finalizar su mandato? Como bien reconocen A-C en su libro La Estrella y el Arco Iris, esto no obedeció a una misteriosa “cariñocracia”, sino al respaldo de la población a sus políticas. ¿Y qué fue lo singular de éstas políticas? Lo que afirman ellos mismos: que bajo Bachelet el Estado estuvo “en condiciones de apoyar a la gente más necesitada y de una manera que nunca se había hecho” (p 169). En suma, la popularidad de Bachelet no se constituyó no sobre el “más mercado”, sino sobre el “más Estado”; y por lo mismo, no era raro que Frei buscara identificarse con ella en este punto. Frei perdió, es cierto, pero Bachelet sigue ahí envuelta en el cariño popular. ¿Dónde está el derrumbe ideológico de la Concertación?
Hablando de la campaña de Piñera, en su libro A-C relatan algo muy iluminador. “En cuanto al Estado –señalan–, la idea se apartó del manual habitual de la derecha: la decisión fue no confrontar ideológicamente el concepto de “más Estado”. A lo más (sic), hacer presente que se necesitaba “mejor Estado” …” (p 253). O sea, A – C objetan ahora el “más Estado”, pero en la campaña recomendaban pasar el tema por alto. ¿Por qué? Muy simple: porque enfrentarse a Frei en el terreno Estado vs. Mercado, con Piñera identificado con este último, era electoralmente fatal.
Sebastián Piñera siguió fielmente las recomendaciones. Como candidato jamás alegó a favor de una reducción del Estado ni, menos, por una ampliación del mercado. Pero la campaña ya es historia. Lo importante es lo que ha ocurrido desde que asumió la Presidencia. Ha sido consecuente con lo prometido. A tal punto que una de los primeros proyectos del nuevo gobierno ha sido una reforma tributaria destinada a extraer renta de las empresas para trasladarla al Estado; lo que ha sido rechazado por Libertad y Desarrollo, ¡y aplaudido por la Concertación! Si se presta atención al robusto Mensaje del 21 de Mayo, lo que se ve es una sana continuidad con las líneas matrices de las políticas instauradas bajo los gobiernos de la Concertación. No hay ni una traza de des – estatización. ¿Dónde está, entonces, la “derrota ideológica” de la que hablan A-C? ¿No será más apropiado hablar de la “derrota ideológica” de la derecha tradicional, que hoy por hoy se pregunta, como alma en pena, acerca de cual es la “identidad” del gobierno de Piñera?
A-C insisten en algo que creía superado: que Piñera ganó gracias a la oposición frontal de la Alianza al gobierno Bachelet (el llamado “desalojo”), no mimetizándose con la Concertación, como lo afirmo en mi libro. No soy tan omnipotente para creer que discuten conmigo. En realidad yo soy un mero instrumento: el blanco de sus criticas es el Presidente de la República, con quien diputan por el origen y la propiedad de la victoria.
Creo que la evidencia a favor de nuestra tesis es abrumadora. ¡Si bastaba con ver la gráfica y la franja de Piñera para ver su esfuerzo de acercarse a la Concertación! La verdad es que quien realmente adoptó el libreto del “desalojo” fue ME-O, no Piñera; lo que permitió –como dicen A-C — “remecer a la clase política y contribuir a reemplazar a la Concertación” (p 208). ¿Qué esto ayudó a la derrota de Frei? No cabe ninguna duda; pero supongo que Allamand no estaba pensando en ME-O cuando escribió su controvertido opúsculo.
A-C afirman que “no hay que dejar que la historia la escriban los derrotados”. Me temo que en esto hay algo de proyección. La Concertación y yo mismo fuimos derrotados, no cabe duda. Pero A-C también lo fueron. Decir que este es “el quinto gobierno de la Concertación” es ir muy lejos. Pero no hay dudas que no este no es el gobierno con el que soñó la Alianza ni A- C. Estamos ante un Presidente que no está acostumbrado a co – gobernar en ningún orden de cosas, y así lo dejó en claro al conformar su gabinete, cuando dejó de lado a los líderes políticos. Su equipo ministerial está conformado por ejecutivos, no por políticos; por subordinados, no por pares; por gente de experiencia en la empresa privada, no en los partidos. Esto no es casual: responde a su propósito central, como es inseminar al Estado de la nueva lógica empresarial chilena, que ellos mejor que nadie representan.
Lo que A – C buscan con su libro es “escribir la historia” para reivindicar el “desalojo” y el esfuerzo de los partidos y sus militantes en el triunfo de enero; un triunfo del cual –no sin cierta razón– se sienten expropiados. Pero revertir esta situación, me temo, requerirá mucho más que un libro. Hacer de éste un gobierno de la Alianza exigiría rehacerlo desde sus bases, y enfrentarse a un Presidente que ha demostrado que no suelta nada gratuitamente, y que no teme al vértigo del precipicio.
A-C plantean, con una cordial ironía, rebautizar mi libro, y llamarlo “La Derrota Analgésica”. Yo haría lo mismo con el suyo: le pondría “Los Desalojados”.
(Versión integral de columna en La Tercera 28.05.10)

21 x 8

Viernes, 21 de Mayo de 2010

Seguí completo el discurso del Presidente Piñera el 21 de mayo. No me gustó su retórica. No hay caso: cuando la elite trata de vestirse de popular, no le resulta. Puros clichés, frente a los cuales hasta Arjona parece un poeta.
Pero me gustaron sus contenidos. Es una suerte de síntesis de los mejor que propusieron el mismo Piñera, mas Frei y ME-O, en la campaña presidencial. Y aquello recogía lo que se había venido elaborando, tanto desde los gobiernos anteriores como desde los centros académicos, acerca de una nueva generación de políticas públicas.
Por ejemplo, el 7%, la escuela sindical, la intermediación laboral, la reforma a la justicia civil, la bonificación a las familias si cuidan a sus ancianos, los tribunales de drogas, entre muchas otras. También el paquete político propuesto es altamente consensual, incluyendo la reforma a los partidos y las primarias financiadas por el Estado –aunque no obligatorias.
Dijo cosas golpeadoras, como introducir principios de solidaridad al seguro privado de salud (Isapres). Esto sería una revolución parecida a la reforma previsional de Bachelet. Lagos lo intentó, cuando implantó el Auge, y no pudo por la oposición de la Alianza. Veremos ahora qué pasa.
Todo esto el Presidente lo tradujo a un lenguaje ejecutivo, empresarial; con medidas concretas y audaces, y plazos precisos. Si esta es la “nueva forma de gobernar”, vamos por ella.
La Concertación se vio desconcertada a la salida del Congreso. No es para menos. El discurso del 21 no calza con la caricatura de un gobierno de derecha. ¿Debiera estar apesadumbrada por ello? No, al contrario: debería estar contenta y orgullosa. Y prepararse para controlar que lo prometido ahora se cumpla, que es el rol de cu<alquier oposición.
Lo planteado el 21 no es para 4 años, que es lo que dura su mandato. Es para 8, cuando menos. ¿Qué será lo que está pasando por la cabeza del Presidente cuando hace planteamientos de este alcance? Esta es la pregunta que muchos deben estar haciéndose.

Author: Eugenio Tironi Categories: Política, Sociedad Tags: ,

La foto

Martes, 27 de Abril de 2010

Mi columna de hoy en El Mercurio, comentando sobre las relaciones gobierno - oposición.

http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2010/04/27/la-foto.asp

Author: Eugenio Tironi Categories: Política Tags: ,

Con Guillier el viernes en 24H

Martes, 13 de Abril de 2010

Esta entrevista, reconozco, tuvo algo de profética. Vean ustedes por qué.

http://24horas.cl/videos.aspx?id=67567&tipo=74

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La empresa del Presidente

Martes, 13 de Abril de 2010

Mi columna de hoy martes 13 en El Mercurio, sobre el verdadero sentido del nuevo gobierno.

Día de estreno

Viernes, 12 de Marzo de 2010

Lo que ayer partió en un día sacudido por las replicas fue mucho más que un nuevo gobierno. Lo que partió fue un nuevo concepto de la autoridad. Fue día de estreno.

Lo que empezamos a ver ayer, y que seguramente veremos hasta el hartazgo en los años que vienen, es una elite dirigente fascinada con la velocidad, con el activismo, con la métrica. Un grupo que fetichiza la gestión, como si ésta fuera el deux-ex-machina que lo explica y lo resuelve todo. Un núcleo convencido que la ciudadanía juzga por resultados, y que no presta mayor atención a la forma como fueron alcanzados (de ahí entonces, por ejemplo, que se pase por alto la cuestión de los “conflictos de interés”). Un grupo dirigente que tiene una fe ciega en el “coraje” –de hecho, la palabra más usada en el día de ayer– y en la voluntad; y un mesianismo que no proviene de la ideología –como en los viejos revolucionarios– sino de la técnica, de aquello que la mayoría de ellos aprendió en las aulas de la UC y de sus post-grados en EE.UU. En fin, un núcleo que invoca permanentemente a Dios y a su familia –a la que muestra sin pudor–, y que se ve envidiablemente seguro de sí mismo, sin dudas ni vacilaciones.

Las nuevas autoridades saben que todo eso no se puede decir crudamente. Y  por lo mismo piden a sus speechwriters que les hagan discursos que hablen de valores, de viajes, de paisajes, de sueños, de dolores compartidos; pero estos discursos terminan enunciados sin mucha convicción y resultan a la larga un poco melosos, pues no reflejan el ADN auténtico de quien los emite, el cual se expresa mucho más auténticamente en la retórica de la gestión.

Eso, todo eso, es totalmente nuevo.

Es nuevo. Porque no es el régimen militar, con su espíritu marcial, su retórica guerrera y su estética de clase media. No es tampoco la derecha tradicional, con su estilo circunspecto, fruncido y como distante. Y es la antítesis de la centro-izquierda, que siempre ha tendido a ser más intelectual, más modesta y más reflexiva. ¿Alguien se habría imaginado a Lagos, o a Frei, o para qué decir a Aylwin, haciendo todo lo que hizo el nuevo Presidente en el día de ayer? No: imposible. Es otro ethos. Es otro carisma.

De hecho, el contraste lo marcó  ayer las diferencias entre la Presidenta Bachelet y el nuevo Presidente. Fue la oposición entre la sencillez y la afectación, entre la empatía (esa misteriosa capacidad de conmoverse internamente con el otro) y el activismo, entre la humildad y el “coraje”, entre esa sonrisa algo tímida y esta risa algo rígida, entre esa modestia republicana que conduce a reprimir las creencias y  vínculos personales y esta suerte de obsesión por invovocarlos y revelarlos.

En suma, lo de ayer no fue la inauguración de un nuevo gobierno. Fue el estreno de lo que podría ser un nuevo Chile. Veremos como responde el público.

Polvareda

Miércoles, 6 de Enero de 2010

Nunca pensé que mi columna de ayer en EM iba a producir tanta polvareda.La adjunto para los que no la han leído. Y la explico –esto siempre es una mala señal, pero parece que aquí algo salió mal.

La escribí pensando en los lectores de la A3, entre los que hay muchísimos viudos de Hermogenes, para advertirles que no destaparan la champaña ante un eventual triunfo de Piñera, porque éste en rigor ha sido inventado por la Concertación para derrotar esratégicamente a los herederos de Pinochet. Y para recordarle a los demás lectores, que Piñera se alejapor  completo del tipo de liderazgo político que conocemos, y que se parece peligrosamente a Berlusconi.

Pero bueno. Una cosa es la que uno escribe, y otra la que se lee. Sobre todo en el caso de las columnas periodísticas , que se leen muy  superficialmente, y sólo se retiene una idea –cuando mucho. Y sobretodo cuando impera el espíritu maniqueo propio de las campañas políticas.

Lo concreto es que muchos leyeron que yo estaba poco menos que adhiriendo a Piñera, lo que no es así en absoluto. No soy, ni de lejos, un Navia; ni  ando ofreciendo, en absoluto, mis servicios. Soy un concertacionista impenitente, voto por Frei y trabajo por Frei.

Muchos se sorprendieron porque, en la columna de marras, yo estaría “enterrando” a la Concertación. Esto sí merece detenerse. Pienso que el tipo de Concertación que se inauguró el 2005 entre Adolfo y Camilo, basada exclusivamente en el entendimiento entre las directivas de los partidos, efectivamente murió –y de mala forma– el 13D.

Debo decir que en otra columna mía que provocó gran polvareda (”El Mapu ha muerto”), escrita el 2005 despues de la defenstración de Viera-Gallo, así como en una enrevista posterior a Claudia Álamo en La Tercera, yo decía que un tipo de Concertación había muerto (aquella basada en el famoso núcleo transversal, al que yo eufemísticamente me refería como “mapu”) y que nacia otra, una más institucional, basada en un “directorio” compuesto por los presidentes de partido. Bueno: es lo que ocurrió, y lo que condujo a los magros resultados del 13D. Por ende, lo que hay que hacer ahora es efectivamente “enterrar” al tipo de Concertación que nació el 2005, e inventar una nueva. No veo pecado alguno en decir esto.

Pero bueno. Pongamos fin a la lata de las explicaciones. Aquí va la columna en cuestión.


Piñerismo

Joaquin Lavín fue derrotado en su intento por entrar al senado. No se sabe cual será ahora su destino político –si es que tiene aún alguno. Hace diez años, estuvo a punto de hundir al “transatlántico” de la Concertación, Ricardo Lagos, y dejó mortalmente herido el clivaje autoritarismo – democracia, lo que esfumó la cómoda ventaja electoral de la que ella disponía desde 1988. Y hace apenas cuatro años, todo indicaba que debía ser electo Presidente de la República, si las cosas hubiesen seguido su inercia.

Pero no fue así, para desgracia de Lavín. Entre el 2000 y 2005 ocurrieron tres cosas. La primera, el éxito del gobierno de Lagos, que con su ritmo endemoniado evitó que se echara de menos a Lavín. Segundo, que éste no encontró un lugar donde pasar confortablemente la espera hasta las próximas elecciones presidenciales: la alcaldía de Santiago fue su Stalingrado. Y tercero, que se le apareció Michelle Bachelet, quien le expropió su novedad, su lógica y su carisma.

De ahí que, ad portas de la elección presidencial del 2005, los partidarios de la Alianza fuesen corroídos por la duda de si Lavín daba el ancho para hacerse de la mayoría. Lagos había abierto una nueva etapa, y Lavín ya no tenía el atractivo de antaño. Esto lo percibió sagazmente Sebastián Piñera –quien de oportunidades, sabe–; y con Lavín herido en el ala, sintió que había llegado su hora. Luchó –no con mucho ahínco, a decir verdad– por ganarle a Bachelet. Pero su real objetivo era enterrar al lavinismo e imponerse estratégicamente sobre la UDI. Y lo consiguió plenamente. Perdió la presidencial, pero hundió a Lavín. Así, quedó en la pole position para el 2009, e inmunizado ante las críticas por sus conflictos de interés o los vínculos entre política y negocios, como se confirmó en la campaña 2009.

Piñera está hoy en una posición expectante para ganar el 17 de enero. Pero su éxito va aún más allá: fundó una nueva derecha, el piñerismo. Una derecha que hace aspavientos de haber estado con el NO; que no reniega del Estado ni de la protección social; que asume las uniones entre homosexuales y atrae a los jóvenes; en fin, una derecha ya no sólo post-Pinochet, sino post-UDI. El símbolo de esta ruptura fue precisamente la derrota de Lavín en su intento de resucitar, vencido otra vez por Piñera. Por esto se justifica el duelo de la UDI: bajo el piñerismo, ha muerto su hegemonía sobre la derecha chilena.

Con el piñerismo nace también un nuevo tipo de liderazgo en la política chilena, el cual va a dar que hablar. Él no representa la típica figura del político, cuya trayectoria está marcada por diferentes roles, pero siempre en el ámbito público. El está en múltiples actividades, en especial en cuatro que excitan la imaginación de la gente: los viajes, el fútbol, la TV y la política. Traspira éxito y optimismo, a diferencia de los políticos tradicionales, que creen que es mejor mimetizarse con las miserias de la gente. Muestra su riqueza como prueba de su empuje, de sus méritos, de su capacidad individual, no de sus privilegios. Y transforma el antiguo problema del conflicto de intereses en el don post-moderno de la ubicuidad. Como si fuera natural, Piñera es a la vez empresario y político, candidato y filántropo, hombre de Estado y patrón de la farándula, hincha de la UC y accionista de Colo-Colo. El está más allá de los roles tradicionales: es único; es una celebridad.

Con el piñerismo se ha roto con una anomalía de la democracia chilena, como era tener una derecha controlada por los hijos del ancienne régime. Es otro logro, quizás entre los primeros del ranking en el memorial de la Concertación.

Hinzgate

Miércoles, 2 de Septiembre de 2009

La decisión de Rodrigo Hinzpeter,  generalísimo del candidato Sebastián Piñera, de no dejar entrar a los periodistas de La Nación aduciendo el derecho a la “autodefensa” y a que se trata de una candidatura “privada”, habrá de quedar en los anales de los llamados eufemísticamente “errores comunicacionales” de esta campaña presidencial.

Si se hubiesen reunido los mejores estrategas especialistas en aguar la fiesta de los adversarios, no se les habría ocurrido algo mejor para sabotear el evento de Piñera ayer en el MovistarArena que lo hecho por Hizpeter con los periodistas de La Nación. Y si se hubiesen reunido los mejores analistas para descifrar qué hay en el subconsciente del comando piñerista,  seguramente no habría descubierto lo que reveló cándidamente Hinzpeter con sus explicaciones: que la de Piñera es una candidatura “privada”, que no debe explicaciones a nadie de sus conductas, pero que sin embargo está orientada a elegir al Jefe del Estado, que es la cuestión pública por antonomasia: en otras palabras –se colige–, se trata de un intento de apropiación “privada” de lo público.

Pero eso no es todo. Como iniciativa “privada”, según Hinzpeter la candidatura de Piñera tendría derecho a la “autodefensa” (término que remite a las peores pesadillas de nuestros días) por la vía de la prohibición del acceso a ciertos periodistas a un acto de campaña (un acto “privado”, obviamente).

Piñera se ha encargado todo el día de desautorizar a su generalísimo. Pero el daño ya está hecho.

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