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Día de estreno

Viernes, 12 de Marzo de 2010

Lo que ayer partió en un día sacudido por las replicas fue mucho más que un nuevo gobierno. Lo que partió fue un nuevo concepto de la autoridad. Fue día de estreno.

Lo que empezamos a ver ayer, y que seguramente veremos hasta el hartazgo en los años que vienen, es una elite dirigente fascinada con la velocidad, con el activismo, con la métrica. Un grupo que fetichiza la gestión, como si ésta fuera el deux-ex-machina que lo explica y lo resuelve todo. Un núcleo convencido que la ciudadanía juzga por resultados, y que no presta mayor atención a la forma como fueron alcanzados (de ahí entonces, por ejemplo, que se pase por alto la cuestión de los “conflictos de interés”). Un grupo dirigente que tiene una fe ciega en el “coraje” –de hecho, la palabra más usada en el día de ayer– y en la voluntad; y un mesianismo que no proviene de la ideología –como en los viejos revolucionarios– sino de la técnica, de aquello que la mayoría de ellos aprendió en las aulas de la UC y de sus post-grados en EE.UU. En fin, un núcleo que invoca permanentemente a Dios y a su familia –a la que muestra sin pudor–, y que se ve envidiablemente seguro de sí mismo, sin dudas ni vacilaciones.

Las nuevas autoridades saben que todo eso no se puede decir crudamente. Y  por lo mismo piden a sus speechwriters que les hagan discursos que hablen de valores, de viajes, de paisajes, de sueños, de dolores compartidos; pero estos discursos terminan enunciados sin mucha convicción y resultan a la larga un poco melosos, pues no reflejan el ADN auténtico de quien los emite, el cual se expresa mucho más auténticamente en la retórica de la gestión.

Eso, todo eso, es totalmente nuevo.

Es nuevo. Porque no es el régimen militar, con su espíritu marcial, su retórica guerrera y su estética de clase media. No es tampoco la derecha tradicional, con su estilo circunspecto, fruncido y como distante. Y es la antítesis de la centro-izquierda, que siempre ha tendido a ser más intelectual, más modesta y más reflexiva. ¿Alguien se habría imaginado a Lagos, o a Frei, o para qué decir a Aylwin, haciendo todo lo que hizo el nuevo Presidente en el día de ayer? No: imposible. Es otro ethos. Es otro carisma.

De hecho, el contraste lo marcó  ayer las diferencias entre la Presidenta Bachelet y el nuevo Presidente. Fue la oposición entre la sencillez y la afectación, entre la empatía (esa misteriosa capacidad de conmoverse internamente con el otro) y el activismo, entre la humildad y el “coraje”, entre esa sonrisa algo tímida y esta risa algo rígida, entre esa modestia republicana que conduce a reprimir las creencias y  vínculos personales y esta suerte de obsesión por invovocarlos y revelarlos.

En suma, lo de ayer no fue la inauguración de un nuevo gobierno. Fue el estreno de lo que podría ser un nuevo Chile. Veremos como responde el público.