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Economía Verde

Domingo, 9 de Agosto de 2009

Después de las  conclusiones del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, que concluyó que el calentamiento del planeta era inequívoco y que la actividad humana muy bien podía ser responsable de esto, y del Informe sobre el impacto del cambio climático sobre la economía mundial, elaborado por el economista Sir Nicholas Stern por encargo del gobierno del Reino Unido, ya no hay mayor debate acerca del peligro que este fenómeno representa para la humanidad y de la necesidad de encararlo drásticamente. Esto fue asumido ya hace años por la Unión Europea, cuyos países acordaron recortar sus emisiones de gases con efecto invernadero un 20% para 2020 respecto a las emisiones de 1990, y llegar a un 20% de energías de fuentes renovables.

Bajo Bush, los Estados Unidos siempre negaron el peligro en ciernes, boicoteando los acuerdos internacionales para hacerle frente. Este fue uno de los factores que lo hundieron ante la opinión pública internacional, y también ante la norteamericana. En su campaña Obama anunció que daría un giro radical, poniendo fin al excepcionalismo estadounidense en esta materia. “Mi mandato –señaló– marcará un nuevo capítulo en el liderazgo de América en el cambio climático, fortaleciendo la seguridad y creando millones de empleos en el proceso”.

Los pasos que ha venido adoptando la nueva administración en esta línea son contundentes. La primera señal fue nombrar como secretario de Energía al físico y premio Nobel Stephen Chu, uno de los líderes mundiales en la investigación de energías renovables y biocombustibles de nueva generación. En seguida declaró que EE.UU se acogerá a la convención de cambio climático de las Naciones Unidas, y el presidente Obama invita a un grupo de figuras internacionales a juntarse en Washington para discutir sobre cambio climático a fines de abril, en preparación para la negociación que realizará las Naciones Unidas en diciembre en Copenhagen. Estos gestos, inimaginables en los tiempos de Bush, han sido acompañados de un paquete de medidas regulatorias para reducir las emisiones, doblegando el lobby de las  poderosas y mimadas industrias energética y automotriz. Las metas son ambiciosas: entre otras, 10% de la energía debe venir de fuentes renovables para el 2012, y un cuarto para 2025; un millón de vehículos híbridos para 2015, disponer de; todas las edificaciones nuevas deben ser neutrales en carbono y con producción cero de emisiones para 2030.

Pero lo más importante es el anuncio realizado por el Presidente Obama de una inversión de US$150 billones en diez años para catalizar los esfuerzos privados hacia una “economía verde” basada en energías limpias. Esto debiera producir cinco millones de nuevos empleos, lo que supone aprender las habilidades necesarias para una nueva forma de trabajar y de hacer economía.  De hecho, este paquete verde ocupa el segundo lugar del programa de políticas que planteó como presidente electo, después de revitalizar la economía. Lo que está en la retina de Obama es hacer de la “economía verde” lo que fue la industria automotriz en la primera mitad del siglo 20, o la espacial y aeronáutica en la segunda, o la de tecnologías de la información en las décadas más recientes: un campo donde afirmar el liderazgo estadounidense, y un vehículo para salir de un período recesivo.

Hubo quienes, con un inconfesable placer, pensaron que la crisis económica llevaría al mundo desarrollado a dejar de lado su manía por el cambio climático. No ha sido así en absoluto. Estados Unidos se embarca en esta cruzada justamente en medio de la crisis, y en Europa ésta no ha sido excusa para relajar sus políticas. Como señalara el Presidente Sarkozy, “el paquete sobre el clima es tan importante que no podemos simplemente abandonarlo bajo el pretexto de una crisis financiera”. Es más, lo ve como una oportunidad para el crecimiento y para el empleo, y hasta ha planteado un controvertido sistema de impuestos para incentivar el comportamiento “verde” de los franceses y de las empresas. Y en el caso de Gran Bretaña, el Primer Ministro británico Gordon Brown ha propuesto recientemente para su país metas aún más exigentes que las fijadas por la Unión Europea.

Chile ha venido haciendo su tarea en materia de cambio climático. Pero todavía con timidez, y de manera reactiva, como si esto fuese una obligación que se nos impone desde afuera. Es la hora de cambiar de actitud. Ser proactivos, mirando esto como una oportunidad y no como una fatalidad. Si Chile se queda atrás de esta verdadera  revolución económica y social en curso, lo pagará muy caro en el futuro. Lo cual exige dejar de pensar y actuar de manera incrementalista, y proponerse medidas y metas radicales, que aunque sean dolorosas en el corto plazo, nos permitan a avanzar a saltos. Como lo señalábamos, así lo están haciendo los países desarrollados, incluido los Estados Unidos.

La campaña presidencial es de las pocas oportunidades que tenemos cmo sociedad para “pensar en grande”; para sacar un poco la cabeza de la contingencia y poner por delante el horizonte. Es, por ende, una buena oportunidad para que los candidatos se pronuncie sobre lo que se proponen hacer ya no sólo para defenderse del cambio climático, sino para avanzar hacia una “economía verde”.