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El desalojo, la mimetización, y el dilema de Allamand

Martes, 1 de Septiembre de 2009

En septiembre de 2007 publiqué en la Qué Pasa una columna titulada:  ¿Qué tiene que aprender la Alianza de la Concertación para ganar el 2009?. Lo que ahí afirmaba era, básicamente, que para ganar la Alianza debía desdramatizar el cambio que ella representaba, y no tener temor alguno en mimetizarse con la Concertación.

La mencionada columna generó una reacción furibunda de Andrés Allamand. Me acusó de estar tratando de  -no recuerdo si ya había publicado por entonces su teoría del “desalojo”, pero lo que me respondió iba en esa línea: que la estrategia ganadora para la Alianza no era la mimetización con la Concertación –como yo  engañosamente lo propugnaba para confundir a la gente de la Alianza– sino, al contrario la diferenciación con aquella, y la denuncia sin descanso de sus errores e incompetencias.

Allamand, hay que reconocerlo, ha sido fiel a su teoría (era que no, dirán los más suspicaces). Piñera, en cambio, siempre tuvo dudas, y así se encargó de hacerlo saber a todos sus cercanos. Seguramente para no tener que soportar las hostigosas argumentaciones de Allamand, jamás encaró de frente teoría del “desalojo”. Pero hay que reconocer que nunca se sintió cómodo con ella.

La actitud reciente  de Piñera en la campaña presidencial, sin embargo, es más elocuente que mil palabras. No solamente ha hecho caso omiso a las teorías de Allamand, sino que ha abrazado la tesis de la mimetización de una manera que raya en la impudicia.

A la Presidenta Bachelet, de partida, no  la toca ni con el pétalo de una rosa. La protección social, que hasta hace poco era mirada como la re-encarnación de ese monstruo siniestro que es el Estado de Bienestar, es ahora parte de un patrimonio nacional que hay que conservar. Es más: Piñera rasga vestiduras porque algunos ponen en duda que la derecha vaya a mantener la red de protección social, olvidando que ésta ha sido construida contra los deseos íntimos de la derecha.

Pero Piñera ha ido aún más lejos en su esfuerzo de mimetización. Si el gobierno Bachelet da bonos a los grupos más pobres para paliar la crisis, el ofrece por adelantado uno para marzo.  Si Frei plantea extender la protección social hacia la clase media, en vez de criticarlo por asistencialista, anuncia que él también lo hará, incluso con más generosidad que el propio Frei. Si éste dice que ampliará los radios de competencia del Estado, Piñera no duda en suscribirlo. Es más: basta que Frei diga que no se niega por principio a discutir en el futuro, pasada la crisis, la estructura tributaria, para que Piñera salga diciendo que está abierto a un alza de los impuestos.

En suma, la estrategia de Piñera es clarísima: mimetizarse con el gobierno Bachelet y con las propuestas de Frei. Esto indica que definitivamente ha preferido seguir la estrategia de la Concertación –a las que yo hacía referencia en la columna que mencioné más arriba– antes que seguir las recomendaciones de Allamand.

Allamand es un hombre inteligente y consecuente. Hoy es un prominente miembro del comando de Piñera. ¿Cómo congenia esto con un candidato que le da impúdicamente la espalda a su estrategia?

Sin el ánimo de meterme en honduras, pienso que Allamand debería hacer algo para cuidar su reputación. No sé. ¿Desmarcarse de Piñera –como a veces parece hacerlo con algunas declaraciones muy duras hacia el gobierno? No parece ser lo recomendable: mal que mal Piñera es el candidato, y no le está yendo mal con la estrategia que viene siguiendo. ¿Retirarse del comando en gesto de protesta? No, eso no: sería totalmente desproporcionado. Y le daría municiones a alguna gente de la UDI que, soterradamente, está molesta con la evolución que está teniendo la candidatura de Piñera, que ya se parece más a la Concertación que la del propio Frei.

¿Que hacer entonces? ¿Esperar la encuesta CEP, y en caso que Piñera no avance significativamente, reflotar su “desalojo”? Podría ser. También podría inventar otra teoría –éstas siempre tienen algún mercado, y Allamand es bueno para esto. O decir que las circunstancias cambiaron –lo que quizás alguien podría creeerle. O enfrascarse en una polémica con los que hagan ver la inconguencia entre sus planteamientos y la campaña real de Piñera. O quizás pueda hacer algo más simple y más radical:  retirar su libro “El Desalojo” de las librerías, pues le hace un flaco favor a su candidato.

Insisto: no sé qué, pero modestamente pienso que algo debe hacer Andrés Allamand. La situación en que lo ha puesto Piñera es intelectualmente muy, pero muy incómoda.

Desacople / columa La Segunda, viernes 15 mayo 2009

Viernes, 22 de Mayo de 2009

Lo que está ocurriendo en la política chilena es sorprendente. Mientras la Presidenta Bachelet y su administración alcanzan niveles record de aprobación, trabajadores, empresarios y gobierno alcanzan un acuerdo histórico para adaptar el mercado de trabajo ante la amenaza del empleo, y el gobierno da un paso gigantesco en materia de transparencia con la publicación de las remuneraciones de sus funcionarios, los actores políticos están abocados a despotricar hasta perder el aliento contra lo que Chile ha llegado a ser.

No hay dudas que el país ya hizo suyo el “estilo B”; este liderazgo dialogante, fresco, sereno, centrado en las personas, que personifica la Presidenta Bachelet, que en su momento fue tildado de falta de autoridad. El “estilo B” se tradujo en conservadurismo en los tiempos de vacas gordas, lo que permite que las turbulencias de hoy pillen al país bien parado: esto, que fue criticado por la oposición en su momento, hoy es objeto de alabanza. Como los juicios siempre están ligados a expectativas y son comparados, la gente estima que la crisis no ha sido tan fuerte como se esperaba, que no ha golpeado a Chile tan fuerte como a otras países: ambas cosas juegan a favor del gobierno –como jugó a favor de Lagos, en su momento, la comparación de Chile con la Argentina. A esto se suma que la gente más desposeída se pregunta como le estaría yendo en esta crisis con un liderazgo opuesto al “estilo B”; vale decir, más volcado a los grandes números y a los grandes proyectos que a la protección. Y como si todo esto fuera poco, aún con la crisis tocando a la puerta, la población siente que ésta no es responsabilidad del gobierno, sino de factores internacionales y de un sistema que, en Chile, tiene como “representante legal” a la derecha.

En suma, la popularidad de Bachelet no es un hecho fortuito, ni transitorio, sino un caldo espeso que se ha fraguado a fuego lento. Por esto ya nadie se pregunta cual es la agenda o el relato del gobierno, o si acaso es la Presidenta la que realmente manda, o si su estilo de liderazgo es el adecuado. La gente la quiere y respeta, mientras el gobierno y el país funcionan: punto y fuera.

¿Era este el momento de lanzar una “Coalición por el Cambio”? Me temo que no. El país –y el mundo entero– están en otra. La gente quiere cambio, es cierto, pero no para desalojar el “estilo B”, sino, al contrario, para extenderlo. En efecto, los cambios a los que se aspira irían mas bien por el lado de aumentar la protección del Estado (hacia los ahorristas, los consumidores, los endeudados, ¡hasta los propios bancos y empresas!), no de acabar con ella en aras de la flexibilidad. Por lo mismo, mientras la figura del político se ha valorado, la del empresario se ha depreciado. En medio de esta debacle, un empresario ya no puede andar por el mundo exudando éxito, moviéndose con aires de inmunidad, vanagloriándose de su poder e influencia, o pontificando altaneramente sobre lo humano y lo divino. Este giro histórico no lo ha comprendido a tiempo la oposición, y quizás ya sea tarde para hacer algo.

En el lado opuesto, el diputado Enríquez-Ominami se ha convertido en una figura sobre la cual toda la clase política tiene puesto sus ojos. Recibido como un “rock-star” en las universidades “cota mil”, celebrado en los sets televisivos por sus ingeniosos y repetidos sound-bytes, encaramado como ícono de todas las protestas y aspiraciones, y acogido como el hijo pródigo por un izquierdismo cansado de tanto orden y prosperidad, Enríquez-Ominami funda su carisma en la crítica sin piedad a la clase política, en especial de aquella de la que él mismo proviene: la Concertación. Lo que nos presenta es la imagen de un país que a causa de los políticos se hunde en la impudicia y la indecencia, y que requiere de una suerte de justiciero que termine con el familismo, el clientelismo y la partitocracia. Incorporando con maestría el lenguaje sensiblero, desenfadado y lúdico de la farándula al campo de la política, sube en las encuestas como la espuma, cruzando izquierdas y derechas.

Así pues, las visiones que campean en el debate político son las de un país que se desintegra en la mediocridad y la procacidad, lo que tienen poco que ver con los sentimientos del país real; aquel del trabajador defendiéndose del desempleo, del vecino ingeniándoselas para acceder a un subsidio del Estado, del consumidor de los padres viendo cómo pagan la universidad de los hijos, del miembro del hogar obligado a buscar  trabajo para compensar la caída de los ingresos, y así por delante.  ¿Habremos llegado a un estado donde la política se desacopla totalmente de la sociedad, creando un mundo propio, como si ella fuera un gran reality? Algo de esto está ocurriendo en la actualidad. Habrá que ver cuanto dura.