Catástrofe, duelo, resiliencia
¿El terremoto ya es un asunto del pasado, o sigue vivo en la población a través de ese miedo difuso, esta irritabilidad inmanejable, y la resistencia silenciosa a retomar la antigua normalidad? ¿Hay que enfocarse ahora en la contención afectiva o en la efectividad; en la pausa o la velocidad; en la participación o la acción experta? ¿Pasamos ya de la “emergencia” a la “reconstrucción”? Releyendo a Boris Cyrulnik surgen algunas pistas para responder estas preguntas acuciantes.
Cuando se pierde un ser amado, o una casa, una calle o un barrio en los que se asentaban la identidad y la memoria, la persona siente que se le arrebató una parte de sí misma. Necesita reconstituir lo que perdió. Por eso quiere volver al lugar de los hechos a “recoger los pedazos del yo quebrado”: una foto, una prenda, un mueble. Luego necesita reconstruirlo simbólicamente a través de los relatos, de los diálogos, de los ritos, lo que será mucho más fácil si tiene el sostén afectivo de la comunidad. En esto consiste el trabajo del duelo.
La organización de la ayuda puede dinamizar o inhibir la resiliencia; esto es, la “utilización de la memoria de la herida para organizar una nueva manera de vivir”. La acción ordenada que ayuda a reponer la confianza del afectado en sí mismo, consultándole, tratándole como persona y no como “víctima”, la dinamiza. En cambio, el activismo precipitado, que niega el duelo y coloca a los damnificados en una suerte de “campo de refugiados psíquico”, es inhibidor de la resiliencia.
Toda catástrofe implica un quiebre con un orden antiguo. Por lo mismo, su superación requiere plantearse cual es el orden nuevo que quisiéramos crear. Esto es indispensable para que las personas re-organicen sus estrategias de existencia. Éste orden sólo puede ser creado por un relato o narración que impregne de sentido a los acontecimientos.
Todo indica, entonces, que es equivocado precipitarse en decretar por superada la etapa de la “emergencia”, para pasar a la de la “reconstrucción”. Los sentimientos de la gente no se mueven al ritmo de los planificadores.
Hay un duelo en curso, que requiere tiempo, respeto, compañía. Las alteraciones psíquicas después de una catástrofe no surgen de inmediato. Hay un tiempo de latencia. Y cuando son resultados de acciones humanas, las huellas son más profundas que cuando son provocadas por causas naturales. La experiencia de los saqueos y de la auto – defensa tiene que haber dejado traumas penetrantes que deben ser abordados con cuidado. Hay que contener el ímpetu y la hemorragia solidaria para que no estorben estos procesos, y dar prioridad a éstos antes que a las necesidades comunicacionales o psicológicas de otros actores.
El bienestar de los damnificados brotará de la mitigación de sus sufrimientos. Si no se sabe cuales son, las respuestas, por eficientes que parezcan, serán perfectamente inútiles. Es indispensable escuchar sus necesidades, aunque los expertos crean saber lo que necesitan. Las soluciones tienen que surgir desde ellos, evitando el exceso de planificación, orden y normatividad. A ellos se les desorganizó el mundo; y no puede haber empatía si los que vienen a apoyarles transpiran omnipotencia.
En fin, es un error decir que éste es el momento de la acción y no de la reflexión. El activismo es una forma de negación; y la negación impide el duelo e inhibe la resiliencia. El terremoto derrumbó un cierto orden, y necesitamos armar uno nuevo para reorganizar nuestras vidas. Esto hay que empezar a rumiarlo desde ya. Y esto demandará, quizás, instalar una “comisión”.
EUGENIO TIRONI (1951) es doctor en sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París. Investigador de Cieplan. Profesor del Instituto de Sociología de la Universidad Católica de Chile y del Magister en Comunicación Estratégica de la Universidad Adolfo Ibáñez. Miembro del Consejo Superior de la Universidad Alberto Hurtado. Ha sido autor o coautor de 20 libros, el último de los cuales es Palabras Sueltas (Mercurio-Aguilar, 2008).
