Presidente Piñera (columna El Mercurio, 19.01.10)
Son más de veinte años. El triunfo de Sebastián Piñera es el fin de una larga carrera. En ella mostró voluntad, audacia, inteligencia. Desde el senado o desde los directorios de sus empresas, desde la causa de las ballenas azules o desde la propiedad del Colo-Colo, desde Chilevisión o desde la filantropía, Piñera tuvo un objetivo: ganar la Presidencia de la República. Alcanzó la meta; y en las horas que han transcurrido ha mostrado que estaba preparado para la victoria.
¿Qué hará ahora? Él lo sabrá mejor que nadie, pero no quiero guardarme mis aprehensiones.
Ojala se saque ese reloj fosforescente que lució de candidato, y que entiendo se lo copió a los Obama. ¿Saben por qué lo digo? Porque es el símbolo de lo que debe dejar atrás. Estamos en Chile, y ya no es candidato sino nuestro Presidente. No puede seguir posando de celebridad del show-business. Sonará medio “ñoño”, pero lo que corresponde ahora es asumir la dignidad de su nuevo cargo. Un cargo que exige energía, pero también pausa, reflexión. Esla hora de bajar la ansiedad y la hiper-actividad, porque los chilenos no queremos un gobernante que nos agobie.
Sabemos que el Presidente Piñera es, ante todo, un empresario. Ahí está su ADN. Le gusta ganar. Le encanta correr el límite de lo imaginable. Se resiste a soltar lo que ha conquistado. Lo hizo esta vez de nuevo, y debe estar satisfecho. Fue electo sin dejar la propiedad de Lan, ni de Chilevisión, ni de Colo-Colo, y con un fideicomiso que no pasa un testo muy riguroso. ¿Quién se lo habría imaginado, incluso entre sus más cercanos adherentes? Está bien: la gente le creyó y le dió su apoyo. Ahora podría verse tentado a correr nuevamente los límites, y asumir y ejercer como Presidente sin hacer nada en esta materia.
Pero su espíritu empresarial podría incitarle a ir aún más lejos. Si lo hizo antes, si su gobierno tiene éxito y si su popularidad es alta, ¿por qué no seguir corriendo límites de lo imaginable? Esto podría llevarle, por ejemplo, a reformar la Constitución para permitir su reelección. Lo hizo Álvaro Uribe, al que tanto admira. ¿Por qué no, si la gente lo acepta? Sería bueno para él mismo y para el país que demuestre cuanto antes su capacidad de resistir estas tentaciones.
Casi la mitad de los electores prefirió el domingo a Eduardo Frei, en defensa de lo realizado por la Concertación. El Presidente Piñera ha expresado su empatía hacia los perdedores, y tiene que seguir en ello. No es fácil, pues pertenece al otro bando; al de aquel de los que andan en la vida de ganadores. Pues bien, aquí también debe reprimir su instinto y ponerse en la piel de los derrotados, de esos que ya lo fueron una vez y gravemente, de esos que le tienen miedo a la vida sin la ayuda del Estado.
El Presidente Piñera no tendrá mayoría en el Congreso. ¿Qué hará? Podría intentar construir mayorías caso a caso, apelando a los parlamentarios no-alineados y a los rebeldes de la Concertación. No sería bueno seguir este camino. Esto convertiría a la política en un bazar. Un anticipo lo tuvimos en las semanas pre – elección, y a todos nos disgustó. Mejor sería que busque acuerdos institucionales con la oposición sobre las grandes reformas que Chile necesita. Lo dijo el domingo, y ojala lo mantenga.
El nuevo mandatario tiene delante suyo una situación excepcional. Una democracia que el domingo volvió a dar muestras de su solidez. Una economía robusta y en fase de recuperación, después de haber sorteado con éxito la crisis internacional. Y por si fuera poco, un año en que celebraremos el Bicentenario y los triunfos –así lo esperamos— de la selección en Sudáfrica. Con pequeñas dosis de modestia, el Presidente Piñera debería tener éxito. Chile no espera menos.
EUGENIO TIRONI (1951) es doctor en sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París. Investigador de Cieplan. Miembro del Consejo Superior de la Universidad Alberto Hurtado y director de Un Techo para Chile, Paz Ciudadana y Fundación Orquestas Juveniles e Infantiles. Ha sido profesor de diversas universidades en Chile y el extranjero. Autor o coautor de 22 libros, el último de los cuales es "Radiografía de una Derrota. O cómo Chile cambió sin que la Concertación se diera cuenta" (Uqbar, 2010).

Bravo!!
Cito a doña Delfina: “Me da escalofríos pensar en un Cardemil en la Moneda” De hecho a mi me da miedo a quién nombre de Intendente por la región metropolitana. Qué va a pasar con la primera movilización de La CUT, estudiantes, trabajadores de la salud y profesores… que las armas sean lo último señor intendente y que el profesionalismo invada todas las exigencias del señor presidente para con sus designados. Saludos Eugenio y bravo por el post.
El Decano siempre ha hecho excelentes felaciones a la derecha…digo, redacciones.
Ayer le escuchè lo siguiente a unos jovenes en una radio vecinal:
“¿Cuantos chistes saben uds. del presidente Ailwin, de Frei, de Lagos o de la Bachelet?. ¿cuantos? Pues ninguno. ¿Cuanto chistes saben sus padres de la epoca de Pinochet? ¡¡cientos¡¡ Pues bien, ya comenzaron los chistes de Piñera, sus posibles ministros, su familia, etc. ¿Y saben por què? Porque los gobiernos de derecha son para la risa, entonces, arriba el animo que por los proximos cuatro años nos reiremos con ganas de estos payasos”
El comentario es sencilllamente genial, y no puede ser de otra manera ya que genialidad y sencillez siempre van de la mano.
Hablando de miedos, aquí van los míos.
Con Piñera como el mayor referente ciudadano temo más que a sus negocios. Temo una probable entronización de la impostura, el oportunismo llevado a práctica sistemática.
Ya sabemos que el triunfo de Piñera ha sido doble, tanto en la arena privada como en la pública, ganando de un solo tiro millones de dólares y la máxima investidura nacional. El mayor peligro, para nada nuevo, es la connivencia entre la política y los negocios, pero de un modo más profundo y medular, yo temo una secuela más profunda del neoliberalismo: la disipación de los límites entre lo público y lo privado.
Es cierto que Piñera representa -sin quererlo- lo que le ha ido pasando al país y sus habitantes a causa del impacto del crecimiento económico, que ha echado a volar la imaginación de lo que es posible al tiempo que ha abierto el apetito por más. Esto es legítimo, el problema es cuando este interés, siempre acompañado de ciertos valores y cierto tipo de accionar, están al frente de una comunidad. Entonces está bien porque la refleja, dicen muchos, pero una comunidad no vive de la satisfacción de intereses privados, favorecedores de la discordia y la separación, sino de la comprensión y aceptación mutua, del respeto y la consideración, de la tolerancia y el cariño, de la solidaridad y la justicia, de anhelos, no de intereses.
La entronización del individualismo no creo que ayude a la defensa del bien común. Es más, dudo que Piñera pueda de buenas a primeras concebir el interés público a partir de premisas distintas a las del interés privado. Simplemente no tiene práctica, y no sólo él, también una buena porción de su sector, y entre ellos, no sólo los conservadores, también los jóvenes ejecutivos, aquellos acostumbrados a convivir y competir únicamente con sus iguales. Para esta gente, pero especialmente para Piñera por la amplitud de sus intereses creados, siempre se trata de ganar o perder dinero, posición, prestigio o poder. Este es su ADN, como dice Eugenio, pero es uno al que hay agregar su astucia, que yo entiendo ligada a su diligente preocupación por las encuestas de percepción ciudadana, lo que me lleva a pensar que su gobierno no será muy distinto a su campaña. Aquí radican mis peores presentimientos.
¿Sabrá Piñera representar los intereses del país, los intereses de todos los chilenos si, como escribe Eugenio, su instinto es otro? Si con él prima el individualismo, el interés común perderá realidad. Pero esto no impedirá que Piñera “represente” el interés de todos los chilenos. Y esto es lo que yo más temo: la pantomima del poder por ganarse a la masa. De la mano de sus sondeos, Piñera estará muy atento a su popularidad. ¿Significa esto que gobernará para todos los chilenos? Una cosa sí es segura: rendirá nutridos homenajes a la galería. Este paternalismo es costumbre en su sector, donde hablar de todos los chilenos difícilmente sea más que una impostura. Allí donde las afiliaciones políticas reproducen las filiaciones genéticas y el reconocimiento de la dignidad del otro está supeditado a la satisfacción de esa familiaridad o de ciertas competencias útiles a los intereses creados de esas sociedades limitadas, en el contexto productivo, la política no aspira a otra cosa que a parecerse a una empresa.
Salvo excepciones conmemorativas a las que se les sacará partido con inédita espectacularidad, no creo que el gobierno de Piñera se centre en anhelos ciudadanos y comunitarios. Por defecto o piloto automático, creo que se centrará mucho más en satisfacciones individuales, y no sólo económicas, también en el ámbito de los goces más elementales, como es el objetivo en la industria de la entretención donde este inversor tiene más acciones: Colo-Colo, Chilevisión y, en menor medida, LAN, una empresa que vende pasajes, pero también paquetes de goce vacacional.
Si bien la estricta separación entre lo público y lo privado no se puede pedir en el mundo moderno, hay matices importantes, fáciles de distinguir entre la caída del centro político y la entronización de los centros comerciales. No entiendo que lo primero signifique necesariamente lo segundo, como Manuel Vicuña ha supuesto en una columna festejada en otra oportunidad por nuestro anfitrión.
No reconozco ningún destino histórico –ni hegelianismo fukuyamiano ni ningún otro- por el que la política deba rendirse a la lógica del intercambio. ¿Debamos tomar palco para ver cómo la participación y el sentido de lo público sucumban en manos del populismo gracias a las reglas del mercado volcadas a la política? Yo al menos sigo ruborizándome cuando veo las prácticas políticas convertidas en ofertones y a los ciudadanos en consumidores. Cualquier pueblo merece más, si no mejor entonces que dejemos hablar de política, echemos a todos los políticos y contratemos con nuestros impuestos a los mejores gerentes, que ni tienen que ser chilenos.
Los vicios de la política se han visto quizás desde que ella existe, pero de no mantenerse vivo el empeño de ofrecerle resistencia desde ella misma, desde el anhelo de una mejor política, podemos confundir ese anhelo con una apariencia que satisfaga nuestros deseos y aletargue nuestras mentes. En buenas cuentas, que las imposturas pasen por franqueza. Eso es lo que más temo, la distorsión sistemática, sea por voluntad, como el caso de personas habituadas a mentir sin siquiera darse cuenta, tales como Pérez & Pérez o Coloma, o quienes confunden las cosas, como cuando Allamand le exige mayor respeto a Velasco por la investidura de Piñera cuando en realidad quien primero debe rendirle respeto a ella es el propio Piñera.
Que la ampulosa retórica del interés privado “representando” el interés público inunde ahora sin tregua la esfera de lo público no es algo que vaya a producir un cambio favorable en la política, que verá teñirse aun más la transparencia de su palabra con la inflación verbal debida al desabastecimiento y adulteración de la franqueza.
Eso temo yo.