Notable lo que ha logrado René Cortázar con el Transantiago. Si hubiese que inscribir a alguien en el ítem “cómo sacar a una política pública del colapso” en el Libro de Guiness, Cortázar debiera estar ahí, y en el primerísimo lugar.
De partida puso paño frío a una situación que estaba a punto de estallar en disturbios públicos que podrían haber cambiado por completo la historia del país. En efecto, más manifestaciones como la que explotó una vez en Las Rejas, con represión policial, con heridos y eventualmente muertos, y estaríamos en otro país…
En seguida logró normalizar el servicio, y gradualmente, mejorarlo. No para llegar a un estado óptimo ni mucho menos (¿qué sistema de transporte público de una gran ciudad del mundo es óptimo para sus propios habitantes –no para los turistas, que somos siempre más benevolentes?); pero sí para llegar a un estado en que reina un mínimo de predictibilidad (que es lo esencial que uno pide a un sistema de transporte).
Hay que sumar que Cortázar, usando los mecanismos más extravagantes, logró mantener el financiamiento del Transantiago con tarifas congeladas; lo cual fue básico para evitar el colapso y/o la rebelión ciudadana. ¿Costó caro? Si, fue caro; pero mucho más lo habría sido el efecto en ingobernabilidad y orden público a las que hubiese conducido la fidelidad a la ortodoxia.
En parte por las mejorías que ha tenido el sistema (donde el Metro, el noble y estatal Metro, ha sido una pieza clave), y en parte por la secular adaptabilidad y disciplina de las chilenas y chilenos, lo cierto es que el nuervo sistema de transporte de Santiago ya está instalado y no tiene vuelta atrás. La nostalgia por el regreso de las “micros amarillas” se extingue, nadie se ilusiona ahora con una mejoría rápida y radical de lo que hay, y sólo se esperan mejorías en el márgen. El impulsor de esta gran pedagogía ciudadana ha sido René Cortázar, con sus explicaciones detalladas y realistas y con su paciencia para soportar las malas noticias.
Como si lo anterior fuera poco, hace algunas horas Cortázar logró que aprobaran en el Congreso el financiamiento definitivo del Transantiago, así como el pago del crédito BID. Es un éxito notable, que habla bien del Congreso, de la Concertación y de la Oposición, que dio su aprobación. Demuestra que la capacidad de forjar acuerdos, incluso sobre temas tan complicados como éste, aún se mantiene. Y que la visión de largo plazo, pasando por encima de los interes políticos más contingentes, también subsiste. En suma, el acuerdo logrado en torno al Transantiago como que a uno le devuelve la fe en la vitalidad de nuestra democracia y de sus instituciones.
Por último, Cortázar logró instaurar en Chile el principio de que el transporte público, no sólo en Santiago sino en todo el país, debe ser subsidiado. Esto había que sincerarlo. Es bueno para los grupos de menores ingresos, que son los heavy users de este sistema. También para los escolares. Pero es indispensable, además, para avanzar hacia un mayor uso del transporte público, lo que exige que éste sea económico y a la vez de calidad. En un mundo amenazadao por el cambio climático, y en un país como Chile que será obligado a reducir la tasa de crecimiento de sus emisiones de CO2 (y, por ende, de su tasa de motorización), el estímulo al transporte público es fundamental. Su subsidio, por lo tanto, no es una vuelta al pasado, como algunos equivocadamente lo han señalado, sino un salto al futuro. Así finalmente lo comprendió la Oposición, contrariando su dogmática tradicional.
En suma, lo del Transantiago es, por donde se lo mire, un gran logro para el país; y no sería extraño que, con el paso del tiempo, se mire a quienes se lo imaginaron e impulsaron con ojos mucho más positivos que ahora. Veremos; pero por el momento, creo que todos coincideremos en una cosa: ¡grande Cortázar!