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Desacople / columa La Segunda, viernes 15 mayo 2009

Viernes, 22 de Mayo de 2009

Lo que está ocurriendo en la política chilena es sorprendente. Mientras la Presidenta Bachelet y su administración alcanzan niveles record de aprobación, trabajadores, empresarios y gobierno alcanzan un acuerdo histórico para adaptar el mercado de trabajo ante la amenaza del empleo, y el gobierno da un paso gigantesco en materia de transparencia con la publicación de las remuneraciones de sus funcionarios, los actores políticos están abocados a despotricar hasta perder el aliento contra lo que Chile ha llegado a ser.

No hay dudas que el país ya hizo suyo el “estilo B”; este liderazgo dialogante, fresco, sereno, centrado en las personas, que personifica la Presidenta Bachelet, que en su momento fue tildado de falta de autoridad. El “estilo B” se tradujo en conservadurismo en los tiempos de vacas gordas, lo que permite que las turbulencias de hoy pillen al país bien parado: esto, que fue criticado por la oposición en su momento, hoy es objeto de alabanza. Como los juicios siempre están ligados a expectativas y son comparados, la gente estima que la crisis no ha sido tan fuerte como se esperaba, que no ha golpeado a Chile tan fuerte como a otras países: ambas cosas juegan a favor del gobierno –como jugó a favor de Lagos, en su momento, la comparación de Chile con la Argentina. A esto se suma que la gente más desposeída se pregunta como le estaría yendo en esta crisis con un liderazgo opuesto al “estilo B”; vale decir, más volcado a los grandes números y a los grandes proyectos que a la protección. Y como si todo esto fuera poco, aún con la crisis tocando a la puerta, la población siente que ésta no es responsabilidad del gobierno, sino de factores internacionales y de un sistema que, en Chile, tiene como “representante legal” a la derecha.

En suma, la popularidad de Bachelet no es un hecho fortuito, ni transitorio, sino un caldo espeso que se ha fraguado a fuego lento. Por esto ya nadie se pregunta cual es la agenda o el relato del gobierno, o si acaso es la Presidenta la que realmente manda, o si su estilo de liderazgo es el adecuado. La gente la quiere y respeta, mientras el gobierno y el país funcionan: punto y fuera.

¿Era este el momento de lanzar una “Coalición por el Cambio”? Me temo que no. El país –y el mundo entero– están en otra. La gente quiere cambio, es cierto, pero no para desalojar el “estilo B”, sino, al contrario, para extenderlo. En efecto, los cambios a los que se aspira irían mas bien por el lado de aumentar la protección del Estado (hacia los ahorristas, los consumidores, los endeudados, ¡hasta los propios bancos y empresas!), no de acabar con ella en aras de la flexibilidad. Por lo mismo, mientras la figura del político se ha valorado, la del empresario se ha depreciado. En medio de esta debacle, un empresario ya no puede andar por el mundo exudando éxito, moviéndose con aires de inmunidad, vanagloriándose de su poder e influencia, o pontificando altaneramente sobre lo humano y lo divino. Este giro histórico no lo ha comprendido a tiempo la oposición, y quizás ya sea tarde para hacer algo.

En el lado opuesto, el diputado Enríquez-Ominami se ha convertido en una figura sobre la cual toda la clase política tiene puesto sus ojos. Recibido como un “rock-star” en las universidades “cota mil”, celebrado en los sets televisivos por sus ingeniosos y repetidos sound-bytes, encaramado como ícono de todas las protestas y aspiraciones, y acogido como el hijo pródigo por un izquierdismo cansado de tanto orden y prosperidad, Enríquez-Ominami funda su carisma en la crítica sin piedad a la clase política, en especial de aquella de la que él mismo proviene: la Concertación. Lo que nos presenta es la imagen de un país que a causa de los políticos se hunde en la impudicia y la indecencia, y que requiere de una suerte de justiciero que termine con el familismo, el clientelismo y la partitocracia. Incorporando con maestría el lenguaje sensiblero, desenfadado y lúdico de la farándula al campo de la política, sube en las encuestas como la espuma, cruzando izquierdas y derechas.

Así pues, las visiones que campean en el debate político son las de un país que se desintegra en la mediocridad y la procacidad, lo que tienen poco que ver con los sentimientos del país real; aquel del trabajador defendiéndose del desempleo, del vecino ingeniándoselas para acceder a un subsidio del Estado, del consumidor de los padres viendo cómo pagan la universidad de los hijos, del miembro del hogar obligado a buscar  trabajo para compensar la caída de los ingresos, y así por delante.  ¿Habremos llegado a un estado donde la política se desacopla totalmente de la sociedad, creando un mundo propio, como si ella fuera un gran reality? Algo de esto está ocurriendo en la actualidad. Habrá que ver cuanto dura.

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  1. Rodrigo Escalante
    Viernes, 5 de Junio de 2009 a las 08:50 | #1

    DON EUGENIO.

    Quizas no es un concepto nuevo y no estoy muy de acuerdo, pero esto de “ampliar los beneficios sociales a la clase media” se podría resumir en proponer un ESTADO DEL BIENESTAR, a la europea.
    Creo que vendería bien.

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