De pronto la discusión sobre el terremoto parece desplazarse del tema de las víctimas y de la reconstrucción, a la cuestión de la gestión de la crisis. Las recriminaciones vuelan.
Es increíble ver además como esto ha sido tomado en el mundo. Partió con una columna de opinión en el WSJ, que decía que Friedman había salvado millones de vidas en Chile, porque sus políticas económicas bajo Pinochet habían permitido la prosperidad de la que hoy goza el país. Le han respondido numerosos columnistas, diciendo que ni Friedman provocó tal milagro, y que de haberlo seguido, se habrían eliminado todas las normas anti-sísmicas –que datan de 1972– que permitieron que Chile no se hundiera por completo, en aras por cierto de la “libertad de mercado”. Adjunto links con este debate.
Pero volvamos a Chile. Estoy convencido que ll problema no estuvo en el retraso del gobierno. Estuvo en la fragilidad del Estado chileno, incluyendo sus FFAA. El chileno es un Estado que descansa en operadores privados que le proveen de todos sus servicios, incluyendo los de telecomunicaciones. Caídos estos servicios –que están diseñados para fines distintos que los propios del Estado–, éste quedó desarticulado, ¡¡incluyendo a sus fuerzas armadas y policiales!!! –que, por ejemplo, usan celular para comunicarse entre sí, tirando sus equipos de radio a la basura.
En Chile pasó algo parecido a lo que ocurrió a Estados Unidos con el Katrina, producto del ultraliberalismo de Bush que había desmantelado la equivalente a nuestra ONEMI siguiendo la doctrina reaganiana de que en el Estado está el problema y no la solución.
La fragilidad del Estado significó que la presidenta y las fuerzas armadas no pudieron evaluar la magnitud de la catástrofe si no hasta muchas horas después del sismo. Por lo mismo, no imaginaron que se produciría un problema de orden público como el que se produjo. Incluso las comunicaciones al interior del Estado –como las del Shoa a la Onemi—parecen destinadas más a “sacarse el pillo” ante una eventual investigación de la Contraloría o de un Tribunal, que a dar indicaciones precisas de lo que hay que hacer. A esto se suma la poca solidaridad corporativa, con unos y otros tratando de evadir sus responsabilidades y endosándolas a terceros.
¿Si influyó también una resistencia ideológica de la Presidenta a terminar su mandato con los militares en las calles, como se ha especulado con insistencia?. Lo dudo: ella no tiene problema con los militares. Es hija de militar y se siente cómoda con ellos: mal que mal pasó toda su infancia y adolescencia la vivió entre ellos.
Manuel Tironi me indicaba que no habiendo Estado –como ocurrió en las horas posteriores al terremoto–, el orden debió haber descansado en la sociedad civil, en las comunidades; pero que ésta también brilló por su ausencia, quizás por efecto del “friedmanismo” que aquel articulista alababa en el WSJ.
Así entonces, lo que descubrimos atónitos con el terremoto es que tenemos un Estado de pacotilla. No tiene infraestructura propia, no tiene instancias de coordinación, las FFAA se mandan solas, no hay educación a la gente en caso de terremotos –que sabemos ocurren a cada rato–, no tenemos información oportuna, no hay protocolos de información, todo se dice a medias para “sacarse el pillo”, no hay solidaridad interna, y así por delante.
Pero descubrimos, también, que no tenemos tampoco un sólido capital social. Bastó que se debilitara por algunas horas el Estado para que cundiera la anomia, la auto – defensa, el acaparamiento. Los enormes grados de desigualdad que se observan en Chile fueron un combustible más poderoso que el del apoyo mutuo ante la catástrofe. Recién ahora comienza a aflorar la solidaridad y el espíritu comunitario.
En suma, el terremoto no sólo derribó una gran parte de nuestras edificaciones. Derribó dos de nuestros principales mitos nacionales: el de que contábamos con un Estado nacional poderoso y eficiente (supongo que nadie objetará ahora que necesitamos “más Estado”), y el de que contábamos con un elevado capital social. La reconstrucción, por lo tanto, tendrá que ser triple: de las obras materiales caídas, de un Estado que no puede seguir pegado con chicle, y del tejido social amenazado por el individualismo extremo, la violencia y la prepotencia.
Llevamos mucho tiempo escuchando a los jóvenes chilenos decir que no tienen una tarea épica que los aglutine y movilice, como la que tuvo la generación de los 60 con la revolución, o la de los 70 con Pinochet. Bueno: el terremoto (el triple terremoto) ha hecho trizas esa excusa. La reconstrucción (la triple reconstrucción) tiene épica de sobra. Lo importante es atreverse a asumir la tarea, la cual implica resetear a Chile entero en términos de sus prioridades, de sus instituciones, y también de su cultura.
Http://online.wsj.com/article/sb10001424052748703411304575093572032665414.html?mod=rss_today’s_most_popular
http://www.salon.com/technology/how_the_world_works/2010/03/02/chicago_boys_and_the_chilean_earthquake/index.html
http://www.guardian.co.uk/commentisfree/cifamerica/2010/mar/03/chile-earthquake
http://krugman.blogs.nytimes.com/2010/03/03/fantasies-of-the-chicago-boys/