Al comenzar un nuevo año –y en este caso, una nueva decada–, yo tengo la manía de meterme en archivos viejos, para repasar lo lo que ha sido mi demarche. Estaba en eso cuando encontré esta columna, que publiqué en la Qué Pasa en septiembre 2007, la que sucitó una airada respuesta de Andrés Allamand, quien me acusó de estar intoxicando a la gente de la Alianza, para conducirla por un camino que le llevaría a la derrota. Él andaba vendiendo por entonces su “desalojo”. Léanla por favor. Porque yo, al releerla –no siempre me acuerdo de los que escribo– y ver lo que ha sido esta campaña presidencial, llegúe a la conclusión que, Piñera al menos, me escuchó más a mí que a Allamand. No es muy reconfortante, pero las cosas son como son. Espero opiniones, y sorry por la lata y la auto - referencia….
¿Qué tiene que aprender la Alianza de la Concertación para ganar el 2009?
Corría 1986. Una larga crisis económica llegaba a su fin, y con ella las protestas en las grandes ciudades. El país crecía a ritmos descomunales bajo la batuta pragmática de Buchi, que sin grandes aspavientos ideológicos seguía amoldando el sistema a los patrones de un capitalismo de tipo liberal. Los chilenos comunes, por su parte, parecían cada vez más cómodos con el nuevo modelo, que les ofrecía acceso al consumo como jamás osaron siquiera imaginar, y la sociedad parecía encandilada por las ideas de derecha. También sentían haber ganado estabilidad, luego de muchos años de experimentos de todo tipo, y de una crisis económica que había desembocado en movilizaciones populares que despertaban los fantasmas del caos del 73.
La oposición a Pinochet no resultaba muy seductora, pues solo apelaba a “volver” a la democracia del pasado, sin hacerse cargo que ésta había fracasado –en parte por responsabilidad de los propios líderes que clamaban por su retorno–, que el país era otro, y que los chilenos ya no eran los mismos. Además ella estaba profundamente dividida, por lo que no ofrecía ni orden ni gobernabilidad, dos cosas que los chilenos necesitaban para retomar sus vidas privadas con un mínimo de normalidad. A esto hay que sumar un Partido Comunista sorpresivamente embarcado en la oposición armada. Esto literalmente aterrorizaba a una amplia mayoría de la población que, como decíamos, quería por sobre todo volver a vivir en paz, sin grandes expectativas pero al menos sin abusos. Por lo demás, el fracaso del atentado contra Pinochet en 1987, y el hallazgo previo de las armas internadas por Carrizal Bajo, había derrumbado la estrategia comunista.
¿Que hacer? Esta era la pregunta que angustiaba a las huestes de la oposición democrática. Había un grupo de dirigentes que estaba derechamente inmovilizado por la frustración y el desconcierto. No se reponía de los fracasos sucesivo de la vía insurreccional (tanto la popular como la armada), en la se habían depositado inconfesables esperanzas, y parecía decidido a replegarse en el alegato moral. Otro grupo más pragmático, encabezado por Patricio Aylwin, pensaba que el plebiscito planeado por el régimen para 1988 podía ser la gran oportunidad de cambiar las cosas. Este grupo terminó finalmente por imponerse, en buena medida porque no había una real alternativa.
Vino entonces una segunda discusión, ahora acerca de los contenidos de la campana del NO, en particular de la franja de propaganda televisiva. Lo obvio era aprovechar este espacio para hacer pedagogía y denunciar las atrocidades de la dictadura. Era la posición de casi todos los dirigentes políticos. Un pequeño grupo propuso exactamente lo contrario: dar un mensaje positivo, conciliador, alegre. Se trataba de trivializar lo más posible un eventual triunfo del NO –como Patricio Bañados se encargaba de hacerlo sentir cada noche con singular maestría–; no darle a éste un carácter refundacional de ningún tipo. El adversario, se argumentaba, no era Pinochet; era el temor al cambio en una generación que ya había completado con creces su cuota de experiencias traumáticas y que, de cierto modo, agradecía haber alcanzado un mínimo de orden, aunque fuese en bajo un patrón autoriitario. Por lo mismo, se argumentaba, el mensaje del NO debía evitar cualquier apelación a revoluciones, desalojos o cambios de modelo, porque despertaría en los chilenos la angustia de tener que empezar todo de nuevo otra vez. No se trataba, siquiera, de negar la obra modernizadora de Pinochet, sino indicar que solo a través de la democracia ella podría extenderse a las grandes mayorías por entonces excluídas. Había pues que desdramatizar el significado del triunfo del NO y evitar la polarización para mitigar la incertidumbre y el conflicto, los que inevitablemente arrastrarían a la gente a refugiarse en lo conocido: Pinochet.
Como es conocido, la partida la gano la opción arriba descrita, y el NO gano el plebiscito de un modo que definió el carácter de la transición que vendría. Si se hubiese impuesto la otra opción, aquella que prefería el testimonio antes que la efectividad, es probable que el SI hubiese ganado y que la historia de Chile hubiese sido muy distinta a la que finalmente fue.
¿Por qué traigo todo esto a colación? Porque creo que el dilema de la oposición a Pinochet a dos años del plebiscito de 1988 es idéntica a la que tiene la oposición a la Concertación de cara a las elecciones del 2009.
En un país que está en lo fundamental confortable y con una sensación de progreso, que parece mas bien inclinado hacia las banderas históricas de la izquierda (como la igualdad), que no guarda un buen recuerdo de la dictadura, que pese a sus falencias siente gratitud hacia la Concertación por haber dirigido una transición pacífica y mejorado sus condiciones de vida, ¿por qué habría de correr riesgos y apostar por una alternativa de derecha? Ante esta pregunta algunos ideólogos de la Alianza han defendido que, primero, deben cambiar las percepciones de los chilenos acerca de su situación por la vía de enfatizar la denuncia, y segundo, que deben polarizar al máximo las alternativas en juego, anunciando que con la Alianza en el gobierno todo va a cambiar para mejor.
Ese tipo de dramatización se encarna nítidamente en lo que se la tildado como la “estrategia del desalojo”; la cual está muy influida por las enseñanzas de Karl Rove, el famoso asesor que llevó a los republicanos a numerosas victoria electorales precisamente en base a la polarización. Pero los analistas de la Alianza seguramente han tomado nota del desastre que ha significado para el gobierno de Bush la aplicación de esta estrategia, que condujo recientemente a la caída del mítico Rove.
Pero si se trata de aprender lecciones quizás no haya que ir a los Estados Unidos. Basta con ver lo que hizo la oposición a Pinochet en circunstancias parecidas, cuando el clima del país era adverso al cambio y sus ideas. ¿Qué hizo? Simple: eludió cualquier planteamiento re-fundacional, puso en la primera línea a sus líderes más moderados, evitó por todos los medios la polarización, minimizó el significado de un eventual cambio y des-dramatizó lo que estaba en juego; todo esto con la finalidad de no despertar los traumas del pasado ni revitalizar las lealtades históricas. Pues bien, la Alianza solo puede ganar el 2009 si ensaya algo semejante; si logra trivializar el cambio que ella representa, presentándolo como una cuestión de eficiencia en la gestión y no como un cambio de orientación estratégica; y si logra al mismo tiempo administrar el pasado pinochetista como lo hizo la oposición democrática de los ochenta con la UP.
¿Podrá la Alianza aplicar esta receta? Es amarga y requiere sangre fría. Implica asumir la obra de la Concertación, adoptar un discurso moderado, mantener una actitud de colaboración con el gobierno, levantar liderazgos nuevos; en fin, enterrar la oposición furiosa y el desalojo. Algo así exige la disciplina y autocontención propia de quienes están en política para conseguir resultados y no para dar testimonio. No es claro si la Alianza está dispuesta a dar este paso, ni si esto baste para ganar el 2009; pero es lo más cuerdo que podría hacer en el caso que este fuese su propósito.
Eugenio Tironi, 01/09/07